Poesía española

Poemas en español


Poema Quevedo

¡Ah del convento! ¿Nadie me responde?

Busco a un hombre

Que un día llegó aquí

Sin otra causa, al parecer,

Que haberle dado nombre a su dolor

Y no callar por más que con el dedo

El peso del silencio le impusieran.

Se llama

Francisco de Quevedo

Y suele, por más señas,

Dar abrazos a sombras fugitivas,

Socorrerse de ajenas desnudeces

E incendiarse el corazón de mucho amor

Cuando se mira al fondo de sí mismo

Y no halla cosa en que poner los ojos

Que no sea recuerdo de la muerte.

Decidle, si lo veis,

Que guardamos su memoria en este parque

Donde hoy pudiera

Templar de cuerdas ruiseñores

Su fatiga dulce y su inquietud preciosa;

Resbalarse secreto entre las flores;

Aliviar sus furias y sus penas

Entre álamos y acacias,

Entre tilos, arces y magnolios,

Enebros, tamarindos, sauces y cipreses,

Pinos centenarios

Que en agrietadas cortezas testimonian

El tiempo que ni mueve ni tropieza,

Aquella herida que duele y no se siente…

Por él,

Estos troncos ya sin vida

Que una mano insensible condenó

A ser asiento de su propia negación;

Aquel banco en que un anciano,

Vencido de sí mismo,

Pone al sol el alma a media tarde;

Los juegos de los niños que aún no saben

De otros duelos de labores y esperanzas

Y afirman la vida con sus risas.

Por él,

La súplica callada de un faisán

Que no recuerda el límite del bosque;

La oscura humildad de los gorriones,

Que nunca soñaron otro vuelo

Y se arraciman al borde del asfalto;

La irisada vanidad del pavo real

Condenado de por vida a la belleza.

Por él,

El agua de un estanque detenida

A fin de que el cisne se refleje

En curvada ostentación de su figura;

El agua en cascada de la fuente

Que tal vez quisiera ser espuma

Por no verse a diario repetida;

O el agua del río con que fluye

La sumisa, callada, inexorable

Canción de más allá de la ribera.

Por él,

Este busto de piedra y el recuerdo

Que, insurrecto contra el tiempo y su dureza,

Al borde de su verso se detiene:

“De piedra es hombre duro; de diamante

tu corazón, pues muerte tan severa

No anega con tus ojos tu semblante.

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,

De lástima de ver a Dios amante

Entre las otras piedras se rompiera.”.


Poema Quevedo - Ángel García Aller