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Poema Vértigo (del 1 al 5)

“…Del girasol no importa la figura,
sino el amor inmenso que lo mueve…”

Serafín Quiteño

1.

Viene como la noche
con su telón poblado de agujeros;
como la lluvia,
con su rumor de multitud;
como la palabra
que sube hasta la voz.

Como un mundo,
una especie,
un trozo de realidad
que la realidad no conoce,
pero que estará
ávida a devorar.

Viene llegando
como el ahogo del sollozo,
la inminencia del golpe,
la ineludible y dolorosa
certeza del beso.

Viene así, inevitable,
como el dolor de la separación,
y duele ya,
como le duele al agua
saber su entraña dividida
por el filo de un cuerpo
clavado en su vientre.

Viene solo, impasible,
como el verde de las iguanas
y el rescoldo del fuego,
como el gratuito
esplendor de las rosas
y el temor que se esconde en los espejos.

Viene azul, amanece
como la noche al borde de la espuma,
como la sangre que solloza en las heridas,
como el silencio agonizando en las guitarras.

Viene,
uno y distinto,
desamparadamente solo.
Viene y viene.

2.

Cabalgando en espumas ignoradas,
madurando en racimos subterráneos,
doctrinando Canciones nunca oídas
en ojos confinados al silencio.
Henchida fruta, soledad poblada,
dulce recodo de distancia ardida,
llama lamiendo el tallo del deseo,
rosa estallando en pétalo invisible,
boca…

3.

Lejos quiero morir de este relámpago,
de la amabilidad quieta del fuego.

Lejos de la bondad de las manzanas,
de la dulzura azul de los silencios,
de la inminente luz de la sonrisa.

Lejos, lejos.
Quiero beber distancia. Entre nosotros
todo un mundo de aire impenetrable.
Quiero la paz cobarde
de agonizar sin pausa en la distancia,
lejos de la batalla de los labios.

Lejos quiero morir.
Nadie alimente
este hambre de sentir. Si ahora tengo
que continuar muriendo entre las sombras,
si la luz es mi vida,
quiero horadar la noche más cerrada.

Otros guarden el sol. Con avaricia
déjense poseer por su belleza
y la odiosa alegría inconsecuente
de los amaneceres.

Oscura,
oscura y sola,
lejana, silenciosa.
Desde hoy,
regalo esta avidez por las palabras.

4.

Yo, que no lo esperaba,
me tropiezo
de pronto con sus ojos.

Con su alegría fuerte, sin motivos,
con su voz sin pretextos,
con su ternura plácida y callada.

Yo, la agobiada
por igual por los gritos y los ecos,
la cansada de todas las palabras,
hoy bebo con deleite este silencio.

Tengo miedo
de todo el bien que me hace.
Da miedo sumergirse sin resabios
en el agua tranquila de unos ojos.
Miedo de ser tan sólo
su silencio.

Anónima presencia,
voz dormida,
solitaria y absorta
contemplación del fuego.

Verlo es aquilatar toda la hondura
que nos llama sin voz desde el abismo.

Verlo a los ojos. Contemplar su hoguera
es reaprender la inmensidad del miedo.

Tiemblo tan sólo
de imaginar la enorme quemadura
que dejarán los besos.

Vértigo de la llama:
No quiero sucumbir a la inminencia
de esta ternura cruel, inevitable.

5.

Muerdo la suave carne de su nombre
y defiendo en los labios la palabra.

Obstinados, los dientes se rehusan
a que el miedo congele cada sílaba.

En mi lengua hay un pozo que guarece
al universo anónimo del fuego.

Todos los que se cruzan
conmigo en las esquinas desconocen
la extensión abrasada de la sed,
el territorio ajeno
que palpita debajo de mi piel,
como una subrepticia e inclemente
invasión de la ausencia.


Poema Vértigo (del 1 al 5) - Carmen González Huguet