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Poema Felicidad que dos veces toca

El peregrino encuentra atónito la felicidad inmensa y verdadera.
Aunque, tal vez, tan de pronto y sin buscarla, esboza irreflexivo.
Inconciente de ello, la recibe, la estruja y se abriga en su manto.
Ajeno a presagios, libérrimo e infinito se sabe. Sacía su sed y extravío.
Al tornársele accesible el cielo, ingresa sin más… la dicha le sonríe…
Encontrando así, lo que jamás alcanzaría. Habría de saberlo entonces.
Mas tarde, incapáz se reconocería para atesorarla y conservarla…

Empieza así, su infernal batalla de sangrientos lustros.
Lamentos, desvaríos incontables e inenarrables lo asaltan.
Desgitanizar quiere un día, a aquella que en antaño tuvo.
Sin detenerse a pensar, si pueda ser recíproca descomunal empresa.
La añoranza y nostalgia lo embargan constantes e inmisericordes.
Ansía consuelo, desasosiego y descanso en su regazo.
Prosiguiendo su camino, si fue camino, acaso…

Precisa andar sus andares, soñar sus sueños, dormir sus siestas.
Embriagarse de sus despertares, que más quisiera.
Abandonarse, sin términos, a su mundo, ahora ignoto.
Ser de ella, otra vez, solo quiere. Apela entero a quimera tal.
Desea cantarle su amor y vida. Volver al inicio, reconvertido, asegura.
Inexorable contempla, inerme, sus solitarios y ajenos balcones.
Todo lo tuvo y nada tiene. ¿Nada le quedará?…

Vuelve entonces, incansable, reincidente, por la calle de su amada.
Aquella que recorrería su vida entera y más.
Y, decidido a todo, arrojado pero nervioso, reaparece en su puerta.
Esperando se abra y poder finalmente decirle lo que nunca antes pudo.
Empero, desolado queda al encontrar solo vacío y desconcierto.
Ella no estaría más, nunca más, dijéronle. No lo acepta.
Mil veces fallece el caminante eterno y pesaroso…

Hoy, impronóstico, contempla incrédulo, expectante su retorno.
Apuesta todo porque aquella posibilidad sea certeza.
Su gloriosa y potente presencia, lo ilumina, lo ciega… lo revive.
¡¡Si, es ella, mi musa y amor sin igual, mi leonzota de tiempos idos!!, exclama.
¡Aquella por quien existí, viví y viviré al fin!, señala convencido…
Aquella de interminables, infatigables y afiebradas búsquedas esquivas.
¿Es posible que mi final haya llegado?, se pregunta incrédulo…

Extasiado, saluda y se inclina ante su increíble, y cuasi fantasmal, arribo.
Su recuerdo siempre latente, trocado presente, lo sobrecoge sin medida.
Trastrabilla ante el profundo impacto, jocundo, intenso en demasía.
Sus voces hablan, gritan… nada se oye…
Sus pasos avanzan ágiles… no se acercan… Más, no se rinde.
Aguarda exangue, con desaforo, esperanza e impaciencia,
Su abrazo definitivo… la culminación de su búsqueda y penar.


Poema Felicidad que dos veces toca - Jorge Isaac Torres Manrique