Poesía española

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Dikt Los verdugos

Sucedió en país lejano
Y en remotísimo tiempo
Que habiendo muerto el verdugo
Para poder reponerlo,
Ya que a muerte condenados
Esperaban muchos reos
Y era justo remitirlos
Cuanto antes al cementerio,
Se abrió un extraño concurso
Para escoger al más diestro.
Entre los tres más insignes
Aspirantes al empleo.

Espadachines famosos
Que al venir desde muy lejos,
Para merecer el cargo
A combatir bien dispuestos
Mostraban sus referencias,
Sus rarísimos arreos
Y su facha indescriptible
Y sus modelos siniestros.

Todo lo cual denunciaba
Lo que decíase de ellos
Y es que por diestros podían
Al esgrimir el acero
Cercenar una cabeza
Como quien corta un cabello.

Así, pues, listo ya todo
En una plaza al efecto,
Con la solemne presencia
Del imprescindible pueblo
Y del rey que presidía
El espectáculo horrendo,
Al toque de los clarines
Se dio al certamen comienzo.

Y con el rostro ceñudo
Y el ademán muy resuelto,
Apareció con su espada
El aspirante primero,
Y, con poderoso impulso,
De un solo arrogante tajo
Rodar hizo por el suelo
Cual la pelota de un niño;
E hizo un saludo soberbio.

Resuenan por tal motivo
Los aplausos con estrépito;
Y ante esa potente muestra
De arte tan limpio y certero,
Juzgan todos que es en vano
Querer superar lo hecho.

Mas, el segundo aspirante
Se adelanta en campo abierto
Con una estudiada sonrisa
Y con talante correcto;
Y al cortar de un solo tajo
La cabeza de otro reo,
En el aire la recoge
Con la punta del acero,
Y con gracia la presenta
Ante los ojos del pueblo.

Repercuten los aplausos
Con entusiasmo frenético
Y juzgan todos inútil
Pretender mayor esmero,
Porque imposible parece
Aventajar tal extremo.

Mas, el tercer aspirante
Avanza humilde y modesto
Con su espada bajo el brazo
Cual cirujano perfecto,
Y a un sentenciado se acerca
Como a examinarle el cuello,
Y con su acero al tocarle
Al parecer sin esfuerzo,
Le deja en paz para siempre,
Aunque sin cambiar de aspecto
Con la cabeza cortada
Pero fija sobre el cuello,
Como si estuviese vivo
Cuando en verdad está muerto.

De asombro inaudito pásmase
Aquel implacable pueblo,
Pues lo que ve sobrepasa
Los límites verduguescos;
Y mientras aplauden muchos
Y admiran todos el hecho,
El rey se levanta absorto
Sobre su elevado asiento.

Y allí, de todos delante,
Discierne el terrible empleo
Al verdugo entre verdugos
Que con arte sin ejemplo
Y ejecución exquisita,
Supo, la muerte encubriendo,
Sin apariencia de estrago,
Dejar como vivo al muerto.


Dikt Los verdugos - José Antonio Domínguez