Poesía española

Poemas en español


Poema El cayado

Al ir tendiendo los montes
sus más alargadas sombras,
un ancho valle midiendo
que en paz Manzanares corta;
cuando las dormidas flores,
de abril a la voz, hermosas
despiertan, su cárcel rompen,
y con timidez asoman;
el anciano Palemón,
dejando la humilde choza,
un siglo entero pasea
por la verde y fresca alfombra.
¡Cuál brilla su augusta calva
a par del sol que la dora!
Y no es el sol más hermoso
que la vejez virtuosa.
Dejad, cefirillos mansos,
dejad las selvas do mora
amor, que un hombre de bien
vuestros halagos provoca.
Venid, venid oreantes,
y las alitas de rosa
sacudiendo, a Palemón
seguid cargados de aromas.
Todo es silencio en el valle;
no suenan más que las ondas
del sesgo río, y de lejos
la dulce voz de una alondra.
Contemplando en unas flores
está Palemón: las toca,
las deja; torna a mirarlas,
las deja otra vez, y llora.
¡Así marchitas, decía,
las que, al expirar la aurora,
la gala fueron del prado,
la envidia de las hermosas!
¡Oh tiempo, tiempo! A tus golpes
se rinde cuanto el sol dora:
ni el alto ciprés respetas,
ni la yedra vil perdonas.
Todo lo destruyes, todo,
hasta los montes y rocas.
También fui joven un día,
y anciano me ves ahora.
Vendrá, y hollará mañana
lo que este sol no trastorna.
Yo vi esta pradera entonces,
¡oh Palemón!, ¡oh memorias!
Siglos enteros cercada
de mil pastoriles chozas,
de paz, de amores y risas
morada fue deliciosa.
Todo se acabó; a mí sólo
conoce la vega ahora;
solo quedé por testigo
de mudanzas dolorosas.
Ya es paseo de la corte
la que arboleda frondosa
me vio nacer. ¡Cuántas veces
me hospedó su fresca sombra!
¡Cuántas pacíficas siestas
de la estación ardorosa
me regaló en blando lecho
de lirios, trébol y rosas!
Aquel infeliz collado
que está sustentando ahora
ese jaspeado alcázar
donde un cortesano mora,
en menos aciagos días
escuchó mi voz sonora
cuando guiaba las danzas
de las ágiles pastoras.
Desde su cumbre florida
bajaba con limpias ondas
un arroyuelo travieso
mojando, al pasar, las rosas.
Sentado en él, una tarde
di un colorín a mi esposa.
¡Ay años abriles míos!
Expiraron ya mis glorias.
Mudanzas tristes reparo
doquier la vista se torna;
todo ya me desconoce,
y en mi vejez me abandona.
Fresno inmutable, tú solo,
allá en antiguas memorias,
prestas a mi afán alivio
y en mi soledad me gozas.
Tú me recuerdas un padre
que bajo tu inmensa copa
en mi pecho las virtudes
vertía desde su boca.
También descubrir me oíste
mi ardiente amor a mi esposa;
y en las estivales siestas
frescor me guardó tu sombra.
¡Salve, piadoso arbolito!
¡Mil veces salve, y mil otras!
¡Cariño mío por siempre!
¡Mi única esperanza ahora!
En ti está la vega antigua,
mis padres, mi dulce esposa,
mis inocentes niñeces,
y mi juventud fogosa.
¡Cual me viste en otros tiempos
cuando en la edad de mis glorias
era el primero en la lucha,
en el salto y en la honda!
Pasó mi honor, todo muere.
¡Cuán otro de aquél, ahora
trémulo me ves cediendo
a los años que me agobian!
Así es mi frente, cual sierra
allá en diciembre nevosa;
y las ya cansadas plantas
flaquean y me abandonan.
Fresno de mi amor, tus ramas
hacia mí benigno dobla,
dame un bastón o, rendido,
volver no podré a mi choza.
Con sólo un triste cayado
mi tierno amor galardonas.
Yo te serví con el riego,
y es mía toda tu pompa.
¡Bendito seas, mi fresno!,
que ya una rama piadosa
me alargas. ¡Qué buen cayado,
Palemón, tendrás ahora!
Árbol ingrato, ¿en la tierra
me haces caer? ¡En mal hora
beba tu raíz el jugo,
y el sol caliente tus hojas!
¿Segunda vez, por dañarme,
a inclinar tus brazos tornas?
¡Ay, que una rama he cortado!
¡Ay, que me verá mi choza
entrar con cayado! ¡Oh fresno,
haga el cielo que tu pompa
dure por eternos siglos,
y cada vez más hermosa!
¡Jamás de Aquilón te opriman
las furias tempestuosas,
ni el rayo ardiente del cielo
ofenda impío tu copa!
¡Cuando la nieve entristezca
las soledades selvosas,
en tu follaje enredada
pose primavera hermosa!
¡Y cuando agosto inflamado
marchite las verdes hojas,
cuelgue el abril, en las tuyas,
la cuna feliz de Flora!
Amigo fresno, la muerte,
que a nadie jamás perdona,
porque el morir es forzoso,
se acerca a mi presurosa.
¡Plegue, cuando al fin llegare,
que, por mi postrera gloria,
mis huesos, algún piadoso,
al pie de tu tronco ponga!
Dijo, y lloró; y apoyado
volvió el pastor a su choza.
Dio el sol el postrer suspiro,
y se tendieron las sombras.


Poema El cayado - Nicasio Alvarez de Cienfuegos
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