Poesía española

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Dikt Responso por la muerte de un burócrata

Se te ha borrado súbitamente el mundo
como la lámpara que trasladan a otro aposento.
Ahora son tus tres eternidades de sombra
pues tus sentidos se enfrentan a una nueva inocencia.
Déjame, hermano mío, humedecer mi alma
con la lluvia de tus células bajo la piedra.
Déjame ahora aspirar el olor que tuviste un domingo,
el olor de tu traje ese domingo con lilas,
cuando descubriste, con ternura parecida al remordimiento,
la cintura de tu mujer
al desnudar una naranja frente al retrato de tu padre.
Déjame recordar el puntito de grasa
en tu corbata de hombre numerado
cuando acariciabas la silueta de una artista de cine
con tus dedos azorados en la gaveta del escritorio.
Déjame, ¡oh, burócrata!, llorar por tus quincenas atrasadas
y tus piyamas demasiado sucias
y por las imperceptibles cicatrices que dejaron en tu rostro
las sucesivas liturgias del jabón y la cuchilla de afeitar.
Porque ahora eres profundo y hermoso
como un camino recordó desde otro país.
Ya no buscarás tu nombre, hermano mío,
con tu apellido equivocado,
en la modesta narración de un cumpleaños
en el último rincón de un periódico.
Ni alisarás el cristal de tus lentes
mientras un monarca de papeleta
te amonesta por el pecado de retrasarte
contemplando la mañana perfumada por el mugido de los eucaliptos.
Ni llorarás por la huella de las estaciones
sobre un adiposo libro de contabilidad.
Ahora, pariente delicado del gusano y el ángel,
te disuelves levemente mientras el calendario revolotea sin sentido
sobre las excrecencias farmacéuticas que dejaste sobre tu lecho.
Ya ha terminado el suplicio de los ruidos y los sabores
que circundaron la monotonía de tus sesenta años.
Ahora – hombre alimentado por tantos y tan diminutos mendrugos-
has alcanzado, ¡por fin!, la gloria de la putrefacción
pues tu nombre es apenas un poco de tinta
que deshace la lluvia sobre el cartel de una esquina
o la rúbrica dibujada en el papelito
que acaban de arrojar a la canasta de los desperdicios.
¡Qué lejos, ahora, tu mechón sobre la frente
y la furiosa erección de tus células
cuando olfateabas el abrigo de una secretaria
abandonado en el lavado de tu oficina!
¡Qué lejos ahora la fruta al mediodía,
la revista semanal bajo la axila
y el zumbido de las moscas en tu ventana de convaleciente!
¡Qué distante queda ahora de ti
el cinematógrafo de tu barrio
y la solterona que todos los días espera frente a tu puerta
el bus de las tres de la tarde!
¡Qué absurda te debe resultar en la cal del silencio
la distancia que media entre tus párpados y la mejilla del amigo
cuando escuchabas la súplica de un préstamo
a la puerta de un ministerio!
Acá has dejado la hojarasca de tus tarjetas timbradas,
las medias zurcidas en la maleta de tu tía,
la palabra tul que pronunciabas cuando estabas triste.
Acá has dejado un bulto vago,
la memoria de una tos,
el gesto de tu mandíbula cuando presentías el ácido de un limón
en la vitrina de un restaurante.

Desde tu ausencia,
desde la estrella que empieza a temblar
en la penumbra de tus zapatos con tacones comidos,
te veo ahora, poderoso y desnudo como la madera,
eterno ya, tranquilo,
con el paraíso conquistado
a través del purgatorio de tus copulaciones solitarias.
Te veo -¡oh dolorosamente extraño; oh, dulcísimo niño mío!-
en un círculo donde la destrucción
tiene la belleza y el orden
que hace vibrar el oculto lirio de las estatuas.
Te veo, aureolado por un ascua magnífica,
en el centro de tu gran llaga,
santificado por la crepitación de tus líquenes,
impartiendo un nuevo ritmo a la lombriz y al estiércol.
Y acá arriba, ¡Dios mío, acá arriba!, entre árboles y casas
e impalpable ceniza,
tu nómina buscándote como un perro enlutado.


Dikt Responso por la muerte de un burócrata - Héctor Rojas Erazo