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Poema Vi (diario de un mÁrtir)

¡Oh! ¡Qué grato sería
Libre y feliz sin pesadumbre alguna,
Con la adorada mía
Por la floresta umbría
Vagar al rayo de esta blanca luna!

¡Y orillas de la fuente
Ver la niña soltar sus trenzas blondas
Al aromado ambiente,
Y el agua transparente
Con su imagen jugar sobre las ondas!

Y no con tanto anhelo,
Harto el herido corazón de quejas
Y amargo desconsuelo,
¡un pedazo de cielo
Ponerme a mendigar desde las rejas!

¡Oh! ¡Cuántas, dueño amado,
Noches tan llenas de esplendor, tan bellas,
En tiempo afortunado
Los dos hemos pasado
Al trémulo brillar de las estrellas!

Del espacio, señora,
Con sus dardos de plata perseguía
Eterna viajadora
La Diana cazadora
Nube tras nube en la región vacía.

Contaba sus dolores
El ruiseñor a los favonios leves,
Nos daban sus olores
Las tempranas flores,
Y un fresco soplo las postreras nieves.

¡Y la suerte entre tanto
Pensaba convertir en un lamento
El armonioso canto
Trocar la risa en llanto
Y el gozo puro en sin igual tormento!

¡Quién entonces creyera
Que tan pronto, mi bien, gimiendo a solas
De mi fiel compañera
Separado me viera
Por dura cárcel y profundas olas?

Y ¿quién pensar podría
Que la ilusión del porvenir risueño,
En no lejano día
Volando pasaría
Como una sombra en fugitivo sueño?

¿Y éstas son las hermosas
Albas del porvenir? -¡Delirio insano!
¡Ay mis lirios y rosas!
¡Oh dichas engañosas!
¡Oh breves gozos del amor humano!

¡Qué alegre y bella estaba
Mi compañera, la adorada mía,
Cuando la nave a Veracruz llegaba,
Y al asomar el día
En el fondo del cielo el Orizaba
Su túnica imperial desenvolvía!

Columbrábanse apenas,
Al borde de las playas inseguro
Las fajas de las tórridas arenas;
Y en el confín oscuro
De la heroica ciudad torres y almenas
Y en un penón el artillado muro.

Después -¡oh cuadro hermoso!-,
Preñadas nubes en su ruda espalda
Sustenta el Chiquihuite portentoso;
Y en su risueña falda
Despliega el Aculcingo generoso
Su rica vestidura de esmeralda.

Naturaleza adula
El valle en donde en la apacible siesta
El arpa santa una oración modula,
Y en cuyo seno, enhiesta
Levanta su pirámide Cholula
Y la Malinche su empinada cresta.

Y nada igual tampoco
En horas de entusiasmo y de desvelos
Soñó jamás el pensamiento loco,
Como los claros cielos
Que cubren la laguna de Texcoco
Y de Ixtaxihuatl los eternos hielos.

Contentos y pesares
Chapultepec a los viajeros cuenta,
Y al humo del incienso en los altares
Noble, regia, opulenta,
En medio de sus bosques seculares
Tenoxtitlán magnífica se ostenta…

¡Tenoxtitlán! ¡Qué suerte!
¡Ya no más te veré! – La triste vida
Los términos alcanza de la muerte;
Que mi bien se despida
De ver su esposo y de tornar a verte,
¡y adiós! ¡Adiós, Tenoxtitlán querida!


Poema Vi (diario de un mÁrtir) - Juan Clemente Zenea
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