Poesía española

Poemas en español


Poema Ariadna

¡Nadie me escucha!… ¡Nadie!… El eco sólo,
Eterno compañero
De este silencio lóbrego, responde
A mi agudo clamor, y mudamente
Mi mal aumenta y mi dolor presente.

¿Y es aquesto verdad? ¿Pudo Teseo
Sin mí partir, y pudo
Desampararme así? ¡Pecho de bronce,
De todo amor y de piedad desnudo!
¿Qué te hice yo para tan vil huida?
Le vi, le amé; mi corazón, mi vida,
Toda yo suya fui, toda… El ingrato,
¿Qué no me debe? Encadenado llega
A la cretense playa,
Destinado a morir: su sangre odiosa
Al monstruo horrible apacentar debía,
Que en la prisión del laberinto erraba.
¿Qué hubiera él sido sin la industria mía?
Entra, combate, vence, y coronado
De nueva gloria se presenta al mundo.
Esto era poco: enfurecida y ciega,
Frenética después, mi hogar, mi padre,
Todo lo olvido a un tiempo, y me confío
Al amable impostor enajenado
Con su halago y su amor mi tierno pecho;
¡Falso amor, falso halago! ¿Qué se han hecho
Pasión tan viva y perdición tan loca?
Yo lloro aquí desesperada en tanto
Que el pérfido se ríe
De mi amor lamentable y de mi llanto.

Pero no, no es posible
que tan amantes lazos
los haga así pedazos
una argra ingratitud.

(Levántase exaltada hacia la tienda).

Dame lecho a mi bien. Ahí tú que fuiste
De mi gloria testigo mira ahora
El triste afán que mi interior devora.

¡Así mientras sus labios me halagaban,
Y en tanto que sus brazos me ceñían,
Ya allá en su pecho las traiciones viles
Este lazo fatal me preparaban!
¡Oh unión inconcebible
De perfidia y placer! ¡conque engañoso
Puede ser el halago, y la ternura
Lleva tras sí maldad y alevosía!
Yo triste, envuelta en la inocencia mía,
Al delirio de amor me abandonaba;
Tú sabes cuál mi seno palpitaba,
Tú viste cuál mi sangre se encendía,
Y cómo de su boca engañadora
Deleite, amor y perdición bebía.

Dos ayer éramos,
y hoy sola y mísera
me ves llorando
a par de ti.
Mira estas lágrimas,
mírame trémula,
donde gozando
me estremecí.
¿Qué se hizo el pérfido?
mi angustia muévate,
y haz que volando
torne hacia mí.

Vuelve, adorado fugitivo, vuelve,
Yo te perdono. El ardoroso llanto
Que ora inunda mi rostro y me le abraza,
Enjugarás; reclinaré en tu pecho
Mi atormentada frente, y aplicando
Tu mano al corazón, verás cuál bate
De anhelo palpitante y de alegría.
Mas ¡oh! mísero y ciego devaneo;
Mientras imploro al execrable amigo,
Lleva el viento consigo
Mi gritar, mi esperanza y mi deseo.

Y esto, ¡oh! dioses, sufrís y va seguro
Y contento el perjuro
Por medio de la mar, que le consiente
Sin abrirse y tragarle. ¡Oh! tú, divino
Astro del claro día, sol luciente,
Sagrado autor de la familia mía.
Mira el trance terrible a que he venido,
Mírame junto al mar volver llorando
La vista a todas partes, y en ninguna
Asilo hallar a mi fatal fortuna,
Mírame perecer sin un amigo
Que dé a mi suerte lamentable lloro.
¿Donde, dónde volverme? ¿A quién imploro?

Muerte, no hay medio, muerte; este es el grito
Que por do quiera escucho; ésta la senda
Que encuentro abierta a mi infelice suerte.
Brama el mar, silba el viento, y dicen: “Muerte”

Y muerte hallaré yo… Las ondas fieras
Que senda amiga al seductor abrieron,
Me la darán… ¡Qué horror! Un sudor frío
Baña mi triste frente, y el cabello
Se eriza… Sí… Las veo;
Las furias del averno me arrebatan
Tras de sí a fenecer… Voy desgraciada
Víctima del amor… ¡Ah! Si el ingrato
Presente ahora a mi dolor se hallara,
Quizá al verme llorar también llorara.
¡Más no, mísera! Muere; el mar te espera,
El universo te olvidó, los dioses
Airados te miraron
Y sobre ti, cuitada, en un momento
El peso de su cólera lanzaron.

¡Oh qué triunfo tan bárbaro y fiero!
avergüénzate, cielo tirano,
avergüénzate, o dobla inhumano
mi tormento y tu odioso rencor.

¿Dudo? ¿Temo? ¿A qué atiendo? ¿Qué espero?.
dame ¡oh! mar, en tu seno un abrigo,
y las ondas escondan conmigo
mi infortunio, mi oprobio y mi amor.


Poema Ariadna - Manuel José Quintana
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