Poesía española

Poemas en español


Dikt La primera vuelta al mundo

¿Qué insólita derrota

A seguir va la temeraria flota

Que se apercibe a abandonar velera ç

De Sanlúcar la plácida ribera?

¿Acaso quiere España,

Que otro dominio en apartada zona

Para ella el sol-ya sin descanso-alumbre?

¿No teme que, añadiendo a su corona

Preciada joya de región extraña,

Se rinda a la soberbia pesadumbre?

Cinco esbeltas armadas carabelas

Al aire dan las impacientes velas;

Un portugués las manda, Magallanes,

Que en. su tierra nativa

Mirando mal pagados sus afanes,

A trono que despide luz más viva

Orgulloso ofreció sus arduos planes.

Ya el mastil giganteo,

Cual caballo que, próximo el combate,

Siente agudo acicate,

Recibe de las lonas el golpeo.

Rizosos gallardetes,

Formando coloridos ramilletes,

En los topes se agitan

De las inquietas naves;

Parece que responden y que incitan

A los pañuelos que, cual blancas aves,

Desde la arena al nauta felicitan.

Cadenciosas las olas

Entonan halagüeñas barcarolas:

«Hurra» nutrido los espacios llena,

Que aquellos animosos navegantes

La costa dejan sin amarga pena,

Y, cual en mar azul luna serena,

La alegría riela en sus semblantes.

Mas no todo es placer en la jornada:

La mano en la obra muerta abandonada

Del Concepción, un joven con intenso

Dolor busca en la gaya muchedumbre

Algún semblante amigo

Que en él encienda la prendida lumbre,

Y al no encontrarlo en el gentío denso,

Y al verse lejos de los patrios lares,

Dolido del quebranto,

Una gota de llanto

Deja caer en los undosos mares.

Vivaz su fantasía

Vió que la gota errante

La redondez del mundo recorría

Marcando un derrotero,

Y un acento escuchó que le decía:

«síguela, Sebastián, aquí te espero.».

En línea avanzan las tajantes proas,

Hendiendo el ya tranquilo

Ya sañudo elemento,

Con rumbo a las Canarias,

Que al paso les envían el saludo

Embriagador de mil esencias varias.

Del fondo de una nave

Sube insidiosa con sus roncas voces

La insurrección, que Magallanes sabe

Apagar en la cuna;

Raudo enfrena el rugidor tumulto

Y en solitaria arena

Abandona al airado Cartagena;

Prende con mano fuerte

A Quesada, a Mendoza

Y en brazos los entrega de la muerte,

Que no quiere que el crimen quede inulto,

Pues tiene por más fiera y más insana

Que la del mar, una tormenta humana.

Al descubrir de Santa Cruz el río,

Con grito de terror que el alma hiela,

Estréllase el Santiago en un bajío.

Desderrota después el San Antonio,

Que a España vuelve la cansada vela

A dar de los azares testimonio.

Tierra lejana vislumbraron luego

Que a plácido reposo les convida

Moviendo cien y cien lenguas de fuego,

Y, tras duros afanes,

Al embocar el suspirado Estrecho,

Se ensancha al fin el angustiado pecho

Del grande Magallanes,

Que, acreciendo las glorias españolas,

Corta sereno sus virgíneas olas.

No goza el alma pura

Cuando rompe la angosta

Cárcel del cuerpo y álzase a la altura,

Cual la flota, vencida la estrechura,

Navegando sin ver frontera costa,

Del Pacífico mar por la llanura.

Mas ¡ay! veces sobradas

Lo que de encanto nuestro pecho inunda

Sólo en su mal y en su dolor redunda.

¡Cuán tétricas jornadas!

Cuán rudas privaciones

Hasta dar en las islas desdichadas

Y en las tierras abrigo de ladrones!

Por fin al cielo plugo

Conducirles a costas abúndantes

Do sacudieron el funesto yugo del hambre

Y escorbuto devorantes.

¡A qué contar las islas perfumadas

Que, cual flores en loto,

Por el agua bañadas,

Vieron surgir en aquel mar remoto!

Halagüeñas sus gentes colmában

Les de expléndido tesoro

Y en arnero sutil aechaban, oro,

An sólo en complacerles diligentes.

A trueque de infantiles bagatelas

Llenaron de alcanfores y canelas

De jengibre, de sándalo aromoso

De ruibarbo amargoso,

Los senos de las amplias carabelas.

Mas en sus aguas plácidas debía

La hueste exploradora

Una baja sufrir que todavía

La madre patria llora.

Como en la siega con agudas hoces

Allí tribus feroces

Con flechas-á lo bajo disparadas

Al ver que la armadura las embota –

Amenguan despiadadas

La dotación de la ya escasa flota.

Allí perdió la vida

El grande Magallanes,

Moisés que en galardón a sus afanes

No pudo ver la tierra prometida.

Porque muera la flor gala del prado

No todo es acabado.

Natura bienhechora

En la negra caverna de la noche

Nuevo ser elabora

Y halla la luz de la temprana aurora

El capullo de ayer trocado en broche.

La tempestad bravía

Que, cual provista de acerado tajo,

Corta a cercén y llévase de cuajo

El roble que los siglos desafía,

No arrastra en su influencia

A la humilde semilla

Que entre mojada arcilla

Espera la oportuna florescencia.

También, cuando doliente

Sin jefes y sin tino

Va la marina gente

Buscando quien alumbre en su camino;

Cuando, arriado otra vez el estandarte,

Por muerte de Duarte,

Terror medroso cunde,

El ánimo esforzado desfallece,

Y el desaliento crece,

Que en reflexión constante se difunde,

Cual águila ostentosa

Que, al escuchar insólito murmullo,

Se eleva poderosa

Elcano se presenta, y animosa

La Armada le saluda con orgullo,

Y él que ya siente el no lejano arrullo

De las alas batientes de la Fama

Y el clamor de la trompa que le aclama,

Deja al surcar los mares de la gloria

El buque Concepción, toma el Victoria.

Empuñando la enseña castellana,

Y en la cabeza el herrumbroso yelmo,

«triunfar o perecer», hincado jura,

Y es fama que, al llegar la noche oscura,

El fuego de San Telmo,

Festejo de la nave capitana,

Contorneó su esbelta arboladura.

Ya abandona la rada de Borneo,

Y hacia Timor intrépido se lanza,

Que vivo como el rayo es su deseo

Grande como el Oceano su esperanza.

Mirad ya sólo el buque en que navega

A los azares de la mar se entrega;

Que, por adversos hados,

Los bravos tripulantes detenidos

Del Trinidad, recuerdan angustiados,

Que a la fama son muchos los llamados,

Y pocos elegidos.

Los ojos en la aguja palpitante,

Explota la pasión que, con transporte,

La hacer tender amante

Al escondido Norte,

Y con tosco instrumento

Fija el virgíneo punto

Do se encuentra la nave,

Que a gran mengua tuviera y detrimento

No dejar de su paso más trasunto

Que aquel que deja el ave

Al cruzar la región del vago viento.

Mas, celoso Neptuno

De la gloria pelágica de Elcano,

Auxilio pide al veleidoso Eolo,

Y empuñando el tridente,

De consuno la nave empujan al terrible polo.

Presto se cambia el bienestar en luto;

El gusano asqueroso

Con el hombre comparte y devora afanoso

La mísera ración que se reparte.

Diezmados por maléfico escorbuto,

Para esquivar del hambre la tortura,

Se apoderan de fétidos despojos,

Con socavados ojos

Que remedan la hueca sepultura.

Agua piden al agua sus gargantas

Ardiendo como fragua,

Y en la dura aflicción que les azota

No descubre su vista acongojada

Ni un pez siquiera en la mansión salada

Ni en la mansión del aire una gaviota.

La Muerte por las crestas del olaje,

Aterradora viene

Y penetra en el buque al abordaje.

La superficie undosa

Del mar trocada en gigantesca losa,

Fosforece con brillo funerario;

Aspecto de sepulcro el casco tiene,

Y el velamen aspecto de sudario.

Cierta noche en que Elcano

Seca la boca, la mirada mustia,

Presa de horrible angustia

La pensadora frente en la ancha mano,

Pedía ansioso al cielo

El término a su amargo desconsuelo,

Vio brillar de repente

La roja lumbre de la austral aurora,

Y asomar a deshora

Un encarnado sol resplandeciente.

Leve brisa suave,

De aroma de azahares impregnada,

Flotó en la inficionada cubierta de la nave.

Armonioso concento,

Llevado en alas de placible viento,

Puebla el azul espacio,

Y de entusiasmo llenas

Abandonando el húmedo palacio

A escucharlo salieron las palacio sirenas.

Alzó los ojos y miró asombrado

El árbol giganteo

En Genio transformado,

Aunque se cubre con marcial arreo,

Noble aspecto presenta de matrona;

Su vestido preciado,

De emblemas tachonado,

Su cuna y su poder claro pregona.

Las blancas velas, como propias alas,

Violentamente agita;

Tan raudo sobre el mar se precipita

Que parejas corriera con las balas.

Poco a poco su empuje

Disminuye y prosigue el camino,

Como albatros marino,

Que por la espuma de las olas huye.

Un no olvidado acento

Llenó entonces los aires de armonía,

Y Elcano, que prestaba oído atento,

Percibió que vibrante le decía:

«Aunque es el mar del Sur tu adversa suerte,

Y bajo de sus olas

Un día yacerá tu cuerpo inerte,

En aumento de glorias españolas,

Hoy vengo a libertarte de la muerte.

Acude presuroso

A la playa tu punto de partida,

De argonauta con fe nunca vencida

Cierra el circuito de tu paso honroso.

Avanza siempre, avanza,

Con pecho fuerte y bravo;

Mira ya en lontananza

Se ve asomar el bendecido cabo

De la Buena Esperanza.

Del Pisuerga en la orilla deleitosa,

Carlos Quinto te espera

Y cuando sepa que a la densa esfera

Has, como Dux a la marina esposa,

Con anillo nupcial engalanado,

En peregrino dote

Daráte honroso mote

Que diga que «el primero la has cercado».

Desparece el coloso

Mira hacia atrás Elcano ya animoso;

Interminable estela

Va dejando su rauda carabela,

Y atónito se fija en la constancia

Con que dibuja un nombre, el de Numancia.

¿Por qué acude, al lucir la clara aurora,

La gente de Sanlúcar a la playa

Y-mientras con el labio a Dios bendice –

Del horizonte la dudosa raya

Con la mirada explora?

Gran agorero el corazón le dice

Que las plácidas velas,

Que del alba a los nítidos reflejos

Destácanse a lo lejos,

Son de una de las raudas carabelas

Que la patria risueña abandonaron

Y hacia mares sin rumbo navegaron.

Vedla llegar, cual disparada flecha

Que consumió en el aire su energía,

É indolente se abate;

Sin la jarcia, maltrecha,

Truncada la soberbia arboladura

Del viento y mar bravía

Por el furioso embate;

En todo semejante a la armadura

Que sostuvo lo recio del combate.

Tremolando la enseña victoriosa,

De proa en el alcázar aparece

La figura de Elcano majestosa;

La vocería, al divisarle, crece,

Las lanchas a la mar se precipitan;

Los pañuelos se agitan,

Roncos los bronces suenan

Y vítores sin par el aire llenan.

– ¿Qué es lo que hizo?-pregúntale a un anciano

Un niño a quien conduce de la mano –

¿qué promueve entusiasmo tan profundo?

-Mira; con ese ceñidor de plata

Que, rastro de la nave se dilata,

Acaba de cercar el vasto mundo.-


Dikt La primera vuelta al mundo - Melchor de Palau