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Poema Elegía a balduino iv

Tus pasos trajeron el familiar silencio de la muerte,
No como la primaveral tormenta inesperada,
Sino como la lejana bruma de un valle gimiente,
Oh mensajero lloroso,
Oh mensajero hiriente.

Nunca el miedo había tan malherido
Con tan feroz golpe mi viejo corazón,
Que mi marcial ánimo en batallas embrutecido
Se perdió como un etéreo licor

Crueles jinetes remontando en la más fría oscuridad,
Irrumpiendo a galope entre nieblas pavorosas,
Arrojando a espantados ojos abiertos mil lanzas sin piedad,
Congelando cálidos ríos de sangre briosa,
Y la noticia más espantosa:
“el rey ha muerto”

Dejando en tu infantil presencia su cruel simiente,
La inevitable novia te había besado anticipadamente
Y hoy implacable a llevarte vino,
Dejando huérfano al pueblo ante tu muerte
¡Oh Balduino!
Nuestro hermano, nuestro padre, nuestro rey,
Aunque sufriste de lepra desde tu infancia,
Preservaste con ahínco el aprisco de tu grey
Desolados te lloramos
¡Oh Gran rey de Jerusalén!
Desolados te lloramos,

Incado de rodillas ante tu joven tumba
Miro al cielo suplicando a la divina Majestad
Sin encontrar para mis ojos descanso
Yo, bravo templario de los ochenta de Montgisard.
Mi recuerdo te ve sobre un caballo blanco
Reluciente tu mascara de plata al sol
Cubriendo compasiva la cruel deformidad,
Armado de hierro por fuera forjado de fe interior,
Guiando el coraje de nuestra humana tempestad,
Oleajes de ágiles lobos atacando con ardor
Sembrando a dentelladas la turca mortandad,
Acompañados con la Vera cruz de Nuestro Señor
Vencimos milagrosamente con esfuerzo divino
A mamelucos y soldados de Saladino.

El reino se ha impregnado de tristeza,
En las calles hoy el silencio pena,
Oh Rey incensado en sufrimientos y nobleza.
Desolados te lloramos,
¡Oh guardián de Jerusalén!
Desolados te lloramos

Joven árbol talado antes de tiempo
Pero ya fecundo para el eterno trasplante,
Ancla crucificada en torbellinos arraigada,
Del deber de monarca sumiso esclavo gigante,
Apasionada fuerza en dolores engarzada,
Energía en todos los obstáculos triunfante,
De tu lepra hiciste ágil montura brocada
Para entrar al reino eterno de los grandes.


Poema Elegía a balduino iv - Claudio Suárez