Poesía española

Poemas en español


Dikt El puñal del capuchino

Escenario, los Abruzzos;
Decoración, un convento;
Actores, un capuchino
Y dos jóvenes viajeros.
Extiende su densa bruma
Cerrada noche de invierno,
Y los vidrios de la celda
Azota furioso el viento.
-¿De modo – murmura el fraile –
Que a marchar estáis resueltos?…
– Sí tal.
– Por más que me pese,
Vuestra decisión respeto.
La Santa Madona os guíe,
Que es peligroso el sendero,
Y no está el monte poblado
Por santos, ni mucho menos.
¿Llevaréis armas?
– Ninguna.
– Hicisteis mal, y lo siento,
Que pecar de confiados
Es casi pecar de necios.
Yo, pobre y humilde fraile,
Nada valgo y nada tengo;
Mas con el alma os bendigo,
Y a Dios pediré en mis rezos
Que os lleve sanos y salvos
De vuestra jornada al término.
Sin embargo, como prueba
De caridad y de afecto,
Algo que puede ser útil
Para el viaje daros quiero;
Tomad, y cuando el peligro
Ya no exista, devolvédmelo.
Y una caja de madera
Entre las manos poniendo
Del más gallardo y más joven
De los valientes mancebos,
Silencioso les bendijo,
Al portón sacóles luego,
Y al verles ya cabalgando
Entróse a rezar al templo.

II

Jinetes sobre dos mulas,
Cuyos vigorosos remos
Con paso menudo y firme
Hieren apenas el suelo,
Internáronse los mozos
Del bosque en lo más espeso.
Las nubes se deshacían
Empujadas por el cierzo,
Y entre los pinos brillaba
La luna de trecho en trecho.
-¿En qué piensas, Federico?
– Dijo de pronto uno de ellos-.
– Pensaba en que más a gusto
Nunca he llevado mi cuerpo.
Buena bendición por fuera,
Buena comida por dentro,
Buen abrigo y sin cuidado,
Nada me falta, Lorenzo.
– Dios se lo pague al buen fraile.
– Tienes razón, y por cierto
Que aún su regalo no vimos.
¿Lo guardaste?
Aquí le llevo.
– A ver, a ver; una caja
Con la cifra del convento,
Y en ella…
-¡Mira!, un rosario…
Y un puñal…
¡Contraste bello!
La vida y la muerte… el crimen
Y la expiación… ¡oro y hierro!
Mas detente… ¿No has oído?
– Alguno que silbó lejos…
Por allí viene… Es un hombre
Seguido de un perro negro.
– Un pastor… ¡Eh!, buen amigo,
Acérquese…
– Ya me acerco.
-¿No habrá por estos contornos
Mesón, cuadra o aposento
En que hallen las bestias cena
Y los racionales sueño?
– Buscaréis inútilmente,
Señores, si buscáis eso;
Estamos de la montaña
En el sitio más desierto,
Y habéis de andar muchas horas
Antes de llegar al pueblo.
Pero conozco un refugio,
Y con placer os le ofrezco.
Caminad a la derecha,
Y al trasponer aquel cerro,
Al pie de unas viejas ruinas
Y formada con sus restos,
Encontraréis una choza
Donde en verano solemos
Mis cabras y yo hacer alto
Cuando el sol nos da tormento.
Provisión de paja y leña
Guardo allí para el mal tiempo,
Y aunque el paraje es muy frío,
Los paredones son recios.
Haced lumbre, aunque no grande,
Pues el resplandor del fuego

Pudiera ser atalaya
Para algún huésped molesto,
De esos que cazan lo mismo
Las mulas que los conejos.
– Agradecidos quedamos,
Y si el favor tiene precio,
Decid cuál es…
– Ni le tiene
Ni yo mis favores vendo;
Con que, adiós, y buena noche…
– Él colme vuestros deseos.

Caminando a la derecha
Los dos jinetes siguieron,
Hasta dar en un ribazo
Que lame turbio arroyuelo.
Le coronan entre zarzas
De una torre los fragmentos,
Y de un murallón hendido
Amparándose en el hueco,
Una cabaña se esconde,
A la cual sirven de techo
Varios robustos sillares
De verde hiedra cubiertos.
– Albricias, ya hemos llegado;
¿Qué te parece, Lorenzo?
– Que ya me tienes en tierra
Para ayudarte dispuesto.
– De la muralla al abrigo
Nuestras mulas amarremos.
– Ya están.
– Las maletas baja,
Y a palacio, que hace fresco.
-¡Pero, calle! ¿Está cerrado
El postigo?
– Está sujeto
Con un clavo que no es flojo;
Pero, adelante, ya es nuestro.
¿Y ahora, Federico?
– Ahora,
Hagamos luz lo primero;
Llevemos paja a las bestias,
Que ayunan sin merecerlo,
Y tras un sorbo de Lácrima,
Cuyo frasco traigo lleno,
Cada cual cumpla su antojo,
Pues es de su antojo dueño.

La luz está ya encendida,
Las mulas comen el pienso,
El Lácrima es delicioso,
Leña en el hogar tenemos;
Con esta mesa la puerta
Vamos a atrancar por dentro,
Y pues es grande y mis ojos
Se niegan a estar abiertos,
Hago sobre ella mi cama,
Tranquilamente me acuesto,
Tú te sientas a mi lado,
Me dejas echar un sueño
De dos horas; en seguida
Duermes tú mientras yo velo,
Y… Federico, perdona,
No puedo más… Hasta luego.

III

Restregóse Federico
Los párpados un momento,
Y pintáronse en sus labios
Una risa y un bostezo.
De su amigo ya dormido,
contempló el rostro sereno,
Y en la mesa y a su alcance
La caja del fraile viendo,
Abrióla, tomó el rosario
Y murmuró… «¡Padre nuestro!»
Sacó el puñal en seguida,
Probó la punta en un dedo
Y llevándola por broma
Al corazón de Lorenzo,
Dijo para sí: «¡Bien duerme;
Está lo mismo que un leño!»
De pronto, rasgando el aire,
Creyó escuchar a lo lejos
Un pavoroso silbido,
Fúnebre como un lamento,
Y tras él, aún más lejanos,
Sordos ladridos de perro.
Mientras, absorto y confuso,
De espanto y sorpresa lleno,
Vio lo que mortales ojos
Ver otra vez no pudieron.

Reanimándose la llama
Y a sus fúlgidos destellos,
Apareció de una gruta
El fondo triste y siniestro.
De esta gruta en el recinto,
Y sentados en el suelo,
Conversaban muchos hombres
Casi de harapos cubiertos.
Escopetas y pistolas
Eran sus galas y arreos,
Y de cuentas de rosarios
Llevaban ornado el cuello.
De tan extrañas figuras
Alzábase altivo en medio
El pastor de la montaña
Con su enorme perro negro.
Mirábale Federico
Inmóvil, aunque sin miedo,
Cuando aquél, abalanzándose,
Le asió por el brazo izquierdo,
Y a su pesar, y arrastrando,
Sacóle del aposento.
De una vasta galería
El espacio recorrieron,
Hasta dar en una sala
Ornada de antiguos lienzos,
Y que algunas rojas teas
Iluminaban a intervalos.
Veinte veces el forzado
Llevó la diestra a su pecho,
El puñal del capuchino
Acariciando en silencio;
Y veinte veces, curioso
Por descubrir el misterio,
Su puñal volvió a la vaina
Y su espíritu al sosiego.
Por fin, del pastor guiado,
Llegó Federico al centro
De otro salón, donde, en corro,
Y en altas sillas de cuero,
Celebraban los bandidos
Conciliábulo tremendo.
Tendido sobre una mesa
Y agarrotados los miembros,
Su decisión esperaba,
Mudo y tembloroso, un viejo.
Del pastor al verse enfrente
Todos en pie se pusieron,
Y hacia la mesa avanzando
Con su víctima y su perro,
Que las manos le lamía,
Sin duda la sangre oliendo,
Así dijo el miserable,
Con voz ruda y torvo ceño:
– No atormentéis a ese anciano,
Ya sin fuerza y sin aliento;
Os traigo una nueva presa,
Que os dejará más provecho.
Es joven, y acaso rico,
Y pues rabiáis por saberlo,
¡Ea! Entréganos el oro
Que escondistes en el seno…
– El oro, ¡pastor infame!
¿Quieres oro? ¡Toma hierro!-
Llenó un gemido la estancia;
Cayó desplomado un cuerpo,
Y al despertar Federico
De aquel espantoso sueño,
Aún apretaba en sus brazos
El cadáver de Lorenzo.

Cuando al despuntar el día
Pudo el honrado cabrero
Romper a fuerza de puños
El postigo siempre abierto,
Halló cerca de la mesa,
juntos en abrazo estrecho,
Dos cadáveres calientes,
Y a poca distancia de ellos
Un puñal ensangrentado,
Un rosario blanco y negro,
Dos maletas y una caja
Con la cifra del convento.


Dikt El puñal del capuchino - Manuel Del Palacio